NOVITA UNA LEYENDA

Cuando el tiempo crecía en las entrañas de la tierra y la selva vibraba e inhalaba  el aroma de las flores; del encanto, de algún lugar llamado Chocó, en el extremo occidental de Colombia, país tropical en América del Sur; las jóvenes se adentraban en el rió Tamaná, en un sábado, de la mañana del más hermoso día del año 2003 d.c. en un pueblo llamado Nóvita.
Las muchachas, todas con una espectacular figura; cuyos cuerpos de ébano trasluce el esplendor de su hermosura, con cada línea que las forma de pies a cabeza; van cargando su balde con ropas en la cabeza y un típico rayo * para lavarlas. El vaivén de sus cuerpos semidesnudos, tanto al caminar, como cuando están en sus faenas, es algo que por años a creado el decir “que la mujer negra es única en el mundo en proporciones, en ternura y en sexualidad”.
Allí aparece, como por encanto, y emergiendo del agua nuestro legendario personaje para iniciar otra odisea en “Las aventuras de Satudio”.
La leyenda cuenta que en época muy remota, quizá mucho antes que los mongoles poblaran el territorio americano y en el momento que la luz del sol marcaba un nuevo amanecer algo fantástico sucedió.

De un hueco, que había surgido en la raíz de una enorme ceiba, comenzaron a salir, como hormiguitas unos seres diminutos que venían huyendo del centro de la tierra; eran pequeños hombrecitos de aproximadamente un metro de estatura.  Que estaban desnudos y asustados; su piel oscura tipo ocre, al principio áspera, tendía a caer suavemente; sus ojos pequeños y rayones casi no podían abrirse.
A uno de ellos lo llamaban Ciran; era el líder. ¡Al que apreciaban, querían y respetaban! Al que obedecían. Según la leyenda se  casó con una de las jóvenes llamada Vira, con la que tuvo muchos hijos que perpetuaron la tribu de los Ciranvira**.
Allí, en ese ambiente de leyenda estaba el negro Satudio; nadaba, como lo sabia hacer con magistral destreza y habilidad.
Johana, una de las chicas lavanderas, lo llamó para decirle que habían llegado unos turistas; y que conocedores de su linaje, fortaleza y conocimiento de la región; especialmente de Nóvita Viejo, querían que los guiara por la selva.
Luego de algunos arreglos y de común acuerdo; partieron muy temprano con el fin de regresar dos días después.
La trocha abierta algunos años atrás, perdiese por el paso del tiempo. Aunque el camino era en gran medida despejado, en algunos sectores se cerraba por completo obligando a Satudio, machete en mano, a limpiar el obstáculo, para evitar percance alguno.
Todos iban contentos mirando a lado y lado; observando los pájaros y las flores; la infinidad de insectos y mariposas que circundaban por doquier. Nadie mostraba, en ningún momento, señal  de aburrimiento, cansancio o decaimiento; al contrario se mostraban alegres y sonrientes. Sin embargo Satudio sintió que debía hacer una parada, por razones que ni el mismo se explicaba. ¡Quizá su imaginación, un mensaje telepático o la piedrita de betilio, que ya conocemos!
Mientras todos retozaban, cogiendo flores; o bebiendo del agua cristalina del arrollo más cercano; Algunos tomaban foto o entretenidos con los avichuchos del campo, Satudio avanzó con paso firme hasta detrás de un frondoso árbol cuyas enredaderas, como culebras se enrollaban y convertían en una escultural figura que en momentos parecía una antigua reliquia rupestre o la esfinge representativa de milenaria cultura, quizá extraterrestre. Allí detrás del árbol, Satudio sintió vibrar todo su cuerpo en una caricia pletórica de dicha, cuya dimensión psíquica había cambiado toda su imagen haciéndolo más alto, más corpulento y majestuoso. Con los ojos como en trance, miraba hacia lo alto y parecía que hablaba. Y evidentemente, Satudio veía a una de sus grandes amigas a Kaeba.
El tiempo, en fugas estampida, penetraba en el inmenso espacio de la fantástica realidad; hasta ocupar un lugar, tal ves muy remoto, en la historia de Satudio:
-¡!!kaeba, Kaeba, qué sucede, dijo? Se que tu llamado obedece a algo muy importante. Qué es?-
Una voz que parecía un clarín de inmáculos sonidos celestiales ocupo el espacio:
-          Satudio, te extrañaba mucho, dijo. 
De la nada, surgió la silueta de una hermosa mujer negra; cuyas facciones, parecían talladas por las manos de un ángel o un escultor del Olimpo.
-          ¡satudio, no quería incursionar en la dimensión que ahora habitas!, aseguro Kaeba, pero tenia que contarte algo.
Le contó Kaeba, que los Ciranvira, tenían graves problemas de supervivencia. Que se les avía agotado el cheina; elemento mineral con el que purificaban la sangre y perpetuaban su etnia.
Cuenta la LEYENDA, que los ciranvirá tenían siempre como árbol sagrado aquel por donde habían salido, ustedes recuerdan; que el chaina en pequeñas dosis, venían consumiéndolo cada cien años, para poder vivir.
Por los años 1423 y procedente, de la lejana y milenaria China, llegó a América el almirante Zheng-he; arribó a las costas del Caribe y uno de sus barcos penetró por las aguas del rió Atrato, trayendo en su tripulación al negro Satudio. Desde esa entonces nuestro personaje conocía la tribu y cuentan que vivió mucho tiempo entre ellos y que una linda nativa llamada Malaika(ángel) se había enamorado de él; y que nunca entendió por que Satudio la rechazaba.
Kaeba y Satudio, penetraron entonces al espacio dimensional de esos años, los 1423.
La calima cubría el ambiente y en parte se extendía en forma misteriosa, que parecía impregnar y subir por los árboles.
De momento el silencio; cuando los pájaros, micos y demás animales de la selva nunca callaban.
 Sin embargo, ahora les indicaba, que la enorme selva del Chocó; templo sagrado y consagrado a la sabiduría natural;  culto a lo enigmático y al espacio divino, venia a ofrecer a Satudio un nuevo reto.
De la espesura apareció un nativo moribundo, que Satudio reconoció como uno de los hijos de Ciran.
-          Akin, Akin, qué pasa con mi gente? Qué sucede con mis amigos, con mi pueblo? Dijo angustiado Satudio.
El estado lamentable del hombre, denotaba, a leguas, que le quedaban pocos minutos de vida; a su voz imperceptible solo se le escuchaba “cheina, cheina”.
En su mano derecha, traía un pedazo de metal, o algo así, que solo abrió y soltó cuando topo la de Satudio. Con lánguida mirada suplicante y enigmática exhaló su ultimo suspiro.

La neblina seguía aumentando de forma aterradora; los árboles se tornaban retorcidos, emanando un olor nauseabundo penetrante. Algunos parecían derretirse y sus pestilencias se extendían devorándolos.
Kaeba, dijo que el mal de la diosa Tunda se acercaba y que ella no podía hacer nada, estaba impedida. Dio un beso a Satudio y partió; pero antes le comento que la única forma de neutralizar sus poderes era sacando del cabello de Tunda una diminuta figura, como un diablito, que común y corriente dormía una hora después que su dueña y aproximadamente a la media noche.
Satudio, comprendió el desafío, el encargo y la misión, que Kaeba le encomendaba.
Asumió su responsabilidad, moviéndose sigilosamente como fiera en acecho. Sus pasos eran lentos pero seguros; sus ojos y sus oídos agudizados al máximo; hasta su olfato se avivó más.
Su oído de poder ultrasonido captó unos movimientos a medida que se oscurecía el ambiente al punto que sus ojos no veían nada.  Absolutamente, nada.  Las manos de satudio tocaron el oscuro vacío y simultáneamente unos destellos lumínicos imperceptibles, que iniciaron un ataque indiscriminado, voraz, despiadado.   Era tan rápida la forma como iluminaban, atacaban y desaparecían que satudio, no alcanzaba a defenderse; sin embargo, el lo hacia donde manotadas a diestra y siniestra.
Mientras Kaeba habla con los ciranvira la tribu de los gnomos, que un grupo de ellos salió a prestar ayuda a Satudio; así y lo débiles que estaban, Tunda que ha fraguado su plan para conseguir un hijo de Satudio y descubrir la tribu, suspende el ataque y cuando la neblina a desaparecido  y todo a quedado en calma llega el supuesto apoyo de Satudio que está tendido y sangrante en el suelo; y aprovechando su inconciencia lo lleva a su guarida lo cura y lo cuida.

La perversa Tunda por los días que ha permanecido con Satudio logra seducirlo y caso bajo un alo de fantasía erótica lo entretiene pero infortunadamente ella pierde el control del tiempo y se queda dormida, aprovechando la ocasión Satudio, saca de los cabellos el talismán endiablado y huye.
Kaeba que ha conseguido la ayuda de unos cuantos hombres encuentra en el camino a Satudio y juntos continúan la marcha en busca del árbol sagrado.  El pedazo de metal vuelve a brillar cuando lo alza, permitiéndole un mensaje claro de la ubicación del árbol.
Tunda despierta y grita como un demonio cuando nota que ha sido robada; y a pesar de no poseer los mismos poderes de antes promete acabar con Kaeba, Satudio y todos los suyos.
            satudio, dice Kaeba, recuerdo que adentro nos espera una gran aventura; muy peligrosa, porque recuerda que la cueva se está cayendo y parte del túnel está derrumbado
Satudio asintió con la cabeza e inició la marcha; detrás iba Kaeba y diez hombres de la tribu que permanecían el pie; quedándoles pocos días para que finalmente todos perecieran.
Sin embargo el brillo especial del metal le servía de guía para saber dónde, en algún lugar de la cueva, existía residuos del mineral que permitiera a la tribu vivir un poca más.
La corpulencia de Satudio era un impedimento para avanzar dentro de la cueva. y a cada momento parecía cerrarse más y más, y las paredes se hacían intocables.  La temperatura subía a más de 50º y la aficia de algunos era eminente; el desespero los hacía lanzarse contra las paredes que como lava hirviendo los carbonizaba.
-          Dónde tienes el diablillo, Satudio, preguntó Kaeba en un momento casi a punto de desmayarse.

Kaeba lo tomó entre los dedos de la mano derecha y luego con la izquierda lo rozó suavemente  y le dijo “suspenda esto”
-          No puedo contesto el diablillo con tremendo vozarrón que parecía salido del mismo infierno.
-          Si nos ayuda a salir, lo dejo en libertad…. pero después de salir de aquí.
El majestuoso árbol se levanta activo ante los ojos de satudio.
Un ronquido cadavérico produjo el cese del hostigamiento y en parte la cueva volvió a la normalidad.  Sin embargo avía que mover toneladas  de roca para poder seguir y la jornada duró varias horas; y casi sin aliento y sin esperanza el diablito dijo “porque tanta algarabía por un poquito de piedras”.
Los gnomos, que quedaban voltearon a mirar a Satudio y luego a Kaeba y exclamaron:
-¡El puede mover las piedras!
Y así lo hizo.   Para nada, porque se presentaba un terrible abismo difícil de franquear.  Al otro lado, a escasos cuatro metros se veían algunas pedazos del mineral….
-          ¡El cheina, el cheina, gritaban!
Kaeba gritó al diablillo “ayúdenos”.  Pero dijo que podía ir el solo a traer el metal; cosa que Satudio no aceptó, porque suponía no volvería.
Finalmente el diablillo dijo que podía cruzar a uno solo, porque se sentía enfermo y agotado.
Las piedras de la cueva empezaron a desmoronarse y a caer peligrosamente al punto que uno de los gnomos fue alcanzado y arrojado al fondo del abismo.
-          Tenemos que apurarnos, dijo Satudio. ¡voy con usted!

Pero el enorme peso de satudio agotó al diablillo perdiéndole solamente descargarlo en el otro lado y falleció.
Satudio entonces hecho en una bolsa algunos trozos del cheiba y mirando al grupo al otro lado les dijo:
-          Regresen, regresen o todos moriremos.  ¡Regresen! y lanzó con todas sus fuerzas algunos trozos que recogieron afanosamente pues se derrumbaba la cueva y la lava y los gases manaban por todas partes.
Kaeba corrió hacia atrás y pudo salvarse del montón de tierra y piedra que tapó la boca de la cueva.  No se veían;  y regresaron para buscar la salida.
Satudio entre tantos afanosamente buscaba salvarse.  Los gases como surtidor buscaban la salida por lo alto lo que le dio una idea que puso en práctica inmediatamente.  Cogió una gran laja de piedra y estuvo pendiente de los soplidos del gas y se lanzó, usando la piedra como base; la que fue lanzada por los aires saliendo por un agujero como un disparo.
-          ¡Me llegó el final se dijo!
Pero la suerte lo acompañó y cuando la presión lo dejó fuera empezó a caer; y calló en un gran rio.  Satudio se había salvado y regresó a la aldea.
Esa noche se festejó con alegría y mucha felicidad.
Kaeba con su magia transportó a satudio al pie de la Ceiba, de la que había salido al principio del relato, y se fue.
Satudio dio la vuelta y mirando los turistas les dijo:
-          ¡sigamos nuestro camino que ya estamos llegando a Novita Viejo!


F     I       N

ZAHIBA LA PRINCESA NEGRA


   
  

La luz tenue de la mañana, penetraba lentamente por el horizonte y blanqueaba la cristalina superficie del manantial más cercano a la aldea, que había sido hogar, por muchos años de la tribu Kung.
El suave aleteo de los patos y las garzas; el chapul y la mariposa, adornaban los contornos de los pétalos encantados de las flores y del rocío que, delicadamente, se mantenía sobre las hojas.
El canto del gallo y el trino del turpial amenizaban el paradisíaco ambiente que enmarcaba la feliz iniciación de un nuevo día, en pleno siglo XVI y en la ribera del Níger, en el extremo sur del desierto de Kalahari, en África Occidental.
Allí, en aquel lugar, donde reinaba la alegría, la armonía y la paz; vivía y crecía una niña llamada Zahiba.
Era la única mujer de la familia real, base del Clan, de una Dinastía de origen Bosquimanos;  y, cuyos hermanos y demás hogares, pertenecían a otras tribus como los jawasi, más al sur y en la región que hoy ocupa Malí.
Al inicio de esta historia, Zahiba la Princesa Kung, tenia trece años y era una hermosa criatura, fuerte, robusta y llena de entusiasmo y alegría que impregnaba a sus congéneres, en especial a las otras y otros jovencitos; que veían en Zahiba, no solo a la princesa, sino a su líder y guía.
Seguían sus entusiastas juegos y creían sus historias, que contaba en las tardes, cuando rodeada de sus otros amiguitos se sentaba e iniciaba sus relatos de esta manera:
 “Una vez había un grillo rojo, muy rojo, como el color del sol que ven ahora; que tenía grandes ojos y unas patas fuertes que podían alcanzar de un salto más de diez metros de distancia.
Kaite, que así llamaba el grillo, creía firmemente que el futuro de su pueblo estaba en el salto más largo que pudiera dar ser alguno; y, todos los días se levantaba muy temprano a realizar ejercicios, por cierto extenuantes y agotadores.
Competía con sus compañeros, y de verdad que realizaba asombrosos brincos que dejaba boquiabierto a más de uno.
Kaite también decía que algún día, iba a realizar un salto tan prodigioso que el mismo sol, ese rojo que veían ahora, terminaría asustado.
Que su salto le permitiría llegar a la infinita región que dominaba el astro rey; y que él personalmente seria el rey.
¡Y practicaba día y noche; noche y día, para fortalecer sus patas y afianzar la seguridad, a veces perdida, de su gente.

Kaite, por ser tan maravillosamente absoluto y único tenía una novia muy bonita; atractiva, coqueta y muy especial que llamaba Coheba.
Kaite y Coheba, solían ostentar su supremacía; su alta dignidad. Su orgullo se mantenía por las cumbres; y llego un momento que las adulaciones, los victores y los aplausos, se convirtieron en envidias, intrigas y al mismo tiempo en odio hacia esa pareja que se creía lo máximo de la región. Llegaron a odiarlos tanto que desearon su destierro. Un día, dijo Coheba a Kaite:
- Me gustaría disfrutar de uno de tus saltos. Esos saltos largos que emocionas tanto a las chicas; y a mi pueblo.-
- Se que tus cortos saltos no sirven para nada, dijo kaite. Que solo son el hazmerreír de los muchachos. ¡Sube a mi lomo y te demostrare de lo que soy capaz.
Coheba subió sobre Kaite, se acomodo y se preparo a gozar de las  destrezas de su novio.
Kaite para demostrar lo valiente y fuerte que era, tomo suficiente  aire; hincho su cuerpo e imprimió toda su energía a lo que el consideraba su mayor proeza.
El brinco fue tan espectacular que paso rosando el sol; que de susto corrió detrás de la luna y dijo para sus adentros “es un héroe”.
El salto de Kaite fue tan magistral que las estrellas se hicieron a un lado; los animales, todos en el bosque permanecieron quietos, mientras Kaite y Coheba creían tener el mundo a sus pies.

El brinco que dio; de muchos años, llego tan lejos, que no se dieron cuenta lo que había abajo; y cuando se precipitaron a tierra cayeron en un lodazal y se hundieron. Tanto que estaban a punto de perecer cuando Coheba asumió su responsabilidad y haciendo un esfuerzo y una maniobra espectacular  asió a Kaite y dio un pequeño salto a la orilla y salvo a su amado.
¡Los aplausos de su pueblo fueron apoteósicos! ¡El agradecimiento de Kaite singular! Y a partir de aquel momento los vivieron felices y contentos acompañados siempre de su pueblo”.
  ¡Que linda Coheba, verdad! Dijo una de las niñas que acompañaba a Zahiba.-
¡Un pequeño salto, salvo a Kaite! Dijo otra.
Pero, y toda la pericia del gran Kaite, donde quedo? Pregunto uno de los jovencitos.
¡Si, si, si! Donde quedo la pericia?
¡ Que significa esa historia?
La moraleja, dijo Zahiba concluyendo la fabula, “es que todos nos necesitamos.; Y que,  la grandeza de uno,  es el complemento de la pequeñez del otro “que desearon su destierro o su muerte.
Zahiba la Princesa Negra, la diosa Kung, como llegaron a llamarla en las otras tribus donde periódicamente transmitía los conocimientos adquiridos en largas jornadas de diálogos con su abuela Mahsayta, no dejaba de asombrar con sus charlas enigmáticas para algunos; llenas de hermosos y visionarios mensajes para otros.

La Princesa desde muy pequeña y casi aun en el seno materno no dejaba de recibir de su abuela Mahsaita tiernas y eficaces enseñanzas que la niña digería y convertía en audiciones, incluso con mayores.
Un día se encerró con la abuela y pidió que no las molestaran por espacio de una semana.
La anciana le enseño los secretos del cosmos; el valor del sol y las estrellas; el poder del silencio; lo más recóndito del pensamiento humano; el poder curativo de las plantas heredado de generación en generación. En fin, Zahiba aprendió el significado del sueño, de la palabra; e incluso el misterioso  secreto de la muerte.
 Durante una semana las dos se alimentaron de setas y frutas que les traían unas ardillas que la niña había criado. Se alimentaron y bebieron el coensso, el sumo de una caña que se daba abundante al otro lado del río.
Durante una semana solo vieron la luz de una tea apostada a un lado del cuarto; vieron el mundo  con una semblanza semidulce que Mahsaita describía del hombre y sus debilidades; de las cosas buenas y malas del ser humano y que el dios Maeto había puesto sobre la tierra.
La abuela le narro como en Kenia África nororiental dios había  sembrado la semilla de la humanidad y que como la Eva Mitocondrial era el pilar del futuro mundo moderno. Le enseño como del vientre de aquella prehistórica mujer, había surgido toda una civilización llena de incalculable valor mental y de deteriorado efecto corporal.

Mahsaita murió a la edad del sol en almendra; cuando aun África tenía el dorado sentir del manantial de la luz; murió dejando a su nieta un legado inmortal de conocimiento y sabiduría. Murió una tarde, que aun, de brazo de la muerte transmitía a su nieta el último mensaje: “La vida es un destello alucinante de fracción de segundos, para un eterno despertar de la mente”
Y así, con este acerbo de conocimientos elevados a sabiduría, la Princesa inicio su camino, en un peregrinaje por todo el territorio.
Cruzo desiertos; escalo montañas y atravesó la selva; enfrento a guerreros marroquíes implacables y a salvajes asesinos del Congo. Se acogió a las más duras pruebas de supervivencia; a los azotes del mal; a la calidez insensata del amor profano. A toda clase de pruebas se sometió y brillo con sensatez, humildad; equilibrio y tino en las más difíciles de las situaciones.
En una ocasión que salió con los cazadores de su tribu, en busca de una buena presa para satisfacer el apetito de algunos visitantes de la región, Zahiba que había visto la forma rudimentaria como sus hombres correteaban a sus presas les dijo:
“Hoy les voy a enseñar la forma más fácil de cazar” y acto seguido tomo la lanza de uno de ellos, con su mano derecha, la puso a la altura del hombro; levanto la mano izquierda y mojo el dedo índice de saliva, dejando la mano en vilo para fijar el curso de la briza; miro a lo alto y calculo el ángulo de sombra; con sus ojos de lince ubico la presa y arrojo la lanza hacia arriba, que, hizo un arco en el aire y cubrió el espacio calculado de 40 metros.
La lanza cayo justo y preciso sobre el lomo del venado, que por poco lo clava en la tierra.
 Desde aquel entonces, sus cazadores no tenían que esforzarse tanto y traían rápidamente la carne a la aldea.
Ella, la diosa Kung, ayudaba al brujo de la aldea en los más difíciles secretos de curación. Elaboraba emplastos y menjunjes; se adentraba en la selva varios días, sin que nadie supiera el camino que tomaba; se convirtió en la persona más indispensable y solicitada de la comarca.
Los tambores transmitían la señal de júbilo cada vez que Zahiba lograba con éxito una curación o terminaba una Azaña.
Así pasaron varios años y el valor y la grandeza de Zahiba crecía y se extendía por todos los rincones del Continente Africano.
Príncipes y reyes; caciques y heroicos guerreros la buscaron para conocerla. Algunos pretendientes se batieron en cruentos combates por el amor a ella. Luchaban por conquistar su corazón.
Muchos ofrecieron su reino; joyas y tesoros.
Otros llegaron a crear un mito alrededor de ella y una historia fantástica surgió como por arte de magia.

Dicen que un anciano perteneciente al clan Juwasi, dijo a un príncipe que lo consulto buscando el secreto que le permitiera conquistar su corazón  que “ la única forma era encontrar un código:
 “ La ecuación cósmica de la ley divina del numero” dijo el anciano “ que el sistema críptico de la cábala” era un enigma que solo una mente poderosa podría resolver y que eso le permitiría ascender al nivel de sabiduría de la Princesa Zahiba. Que ahí, en ese momento comprendería la dimensión de la felicidad.
Aquel joven príncipe se llamaba Abu Dhabi y había escuchado en su reino, pasando el río Nilo, la leyenda de Zahiba La Princesa Negra.
Abu, empecinado en encontrarse con ella y conseguir hacerla su esposa, penetro en los confines de lo desconocido en busca del enigmático acertijo, que el viejo sabio le había referido.
Conocedores los árabes de las matemáticas puras, y seguro de ello Abu tomó una determinación.
El príncipe se concentro en leer todos y cada uno de los libros sagrados, sin perder una coma y, cifrando sus esperanzas, en el legado de sus antepasados.
 Una ecuación era, por decir algo “pan comido”; pero no fue así, las cosas se le complicaron.
Con la lectura viajo, a los más intrincados momentos de la historia.
Estuvo en Bathseda, el estanque aquel, cerca a Babilonia, donde cuentan salía periódicamente un ángel o una hada, que guiaba a muchos viajeros que buscaban la esencia ultima de la verdad.
Allí, permaneció varios meses esperando hablar con Tzadik “el ángel justo” que podría darle luz a su camino.
Una noche mientras dormía lo sintió llegar.
- ¡Príncipe Abbu, Zahiba ya estuvo aquí!
- ¿¡La princesa Kung!?
- ¡Sí! Repitió el Ángel. Si. Ella encontró, hace muchos años, lo que usted busca ahora. ¡ Le lleva años luz de ventaja! Muchos años.
--- ¡Esa mujer es única! ¡ La diosa Kung, es asombrosa; es un sueño! ¡ Mi sueño adorado! Mi Reina de ébano. ¿Como la encuentro; deme una luz soberano arcángel, señor Tzadek.
-- Abbu, dijo el ángel. Andas buscando algo muy difícil de descifrar. Es un espacio inconcluso en mitad de la nada; ni yo mismo tengo acceso. El ángel desapareció y Abbu despertó en una terrible zozobra.
Camino en círculo con las manos entrelazadas, detrás de la cintura y luego, miro el cielo: “Una estrella lo guiara al principio”, repitió y siguió repitiéndolo hasta el amanecer.
Tengo que buscar un buen astrologo, dijo. ¡Un astrologo, un astrologo!
Cruzo África, se adentro en Asia y se encamino donde el mismo lama descendencia de El Gran Rasputín.
Todo fue inútil. Durante años vago por el mundo sin encontrar la respuesta. Jamás encontró a Zahiba, dicen.so.
-- ¡Cómo! No puedo creerlo. Tzadik, es un usted mi  única esperanza. He viajado por agrestes caminos; he cruzado lo imposible y he visto cada uno de los rincones del conocimiento. ¡Cómo es posible que ni usted, ni yo sepamos “ La ecuación cósmica de la Ley divina del numero”,
-- Déjese guiar por la intuición y analice cada estrella. Una de ellas lo llevara al principio.
El ángel desapareció y Abbu desperto en una terrible sosobra.
Camino en circulo con las manos entrelazadas, detrás de la cintura y luego, miro el cielo: “ Una estrella lo guiara al principio”, repitió y siguió repitiendolo hasta el amanecer.
Tengo que buscar un buen astrologo, dijo. ¡ Un astrologo, un astrologo!
Cruzo África, se adentro en Asia y se encamino donde el mismo lama decendencia de El Gran Rasputin.
Todo fue inútil. Durante años vago por el mundo sin encontrar la respuesta. Jamas encontró a Zahiba, dicen.

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